Veo constantemente publicaciones de psicólogos diciendo cosas como:
“No uses inteligencia artificial como terapeuta.”
“No vayas con coaches.”
“No consultes astrólogos.”
“No busques ayuda en TikTok.”
“No le preguntes a ChatGPT lo que deberías hablar con un profesional.”
Y quiero comenzar haciendo una precisión importante: muchas de esas advertencias son perfectamente razonables.
No todas las personas que ofrecen ayuda tienen la preparación adecuada.
No todas las intervenciones son inocuas.
No todas las afirmaciones tienen respaldo científico.
Y existen situaciones en las que acudir con un profesional capacitado puede ser verdaderamente importante.
Ese no es el problema.
El problema aparece cuando la defensa de una disciplina comienza a depender demasiado de decirle a la gente con quién no debería hablar.
Porque, en cierto punto, la escena empieza a parecer extraña.
Se parece demasiado a esa persona que intenta conservar una relación diciéndole a su pareja:
“No hables con él.”
“No veas a esa persona.”
“No escuches lo que te dicen.”
“Yo soy quien te conviene.”
Y quizá una disciplina científica debería aspirar a algo bastante más sólido que eso.
La preferencia no debería conservarse por prohibición
Si queremos que las personas elijan psicología, la solución no debería ser simplemente desacreditar cada alternativa que aparece.
Deberíamos construir una psicología tan precisa, eficaz, eficiente y verificable que elegirla resulte prácticamente obvio.
Pensemos en algo mucho más sencillo.
La odontología no necesita publicar todos los días:
“Por favor, no consultes a un astrólogo si te duele una muela.”
Tampoco necesita organizar campañas para explicar que un coach no debería tratar una caries.
Cuando una persona tiene un dolor dental, normalmente entiende bastante bien tres cosas:
qué problema tiene,
a qué tipo de profesional acudir,
y qué clase de resultado debería esperar.
Existe una relación razonablemente clara entre problema, procedimiento y resultado.
Eso genera confianza.
No porque las demás alternativas hayan sido prohibidas, sino porque la disciplina ha conseguido demostrar una utilidad suficientemente concreta.
Y quizá deberíamos preguntarnos si en psicología esa relación siempre resulta igual de clara.
¿Qué ocurre cuando el resultado esperado es ambiguo?
Una persona puede comenzar un proceso psicológico porque tiene ansiedad, porque repite determinadas relaciones, porque no puede tomar una decisión, porque experimenta culpa, porque no logra superar una ruptura o simplemente porque siente que algo no está bien.
Pero muchas veces no sabe con demasiada precisión qué va a ocurrir después.
¿Cuál es exactamente el problema que se va a intervenir?
¿Qué mecanismo se considera responsable de lo que le ocurre?
¿Cómo sabremos si ese mecanismo está cambiando?
¿Cuánto debería durar el proceso?
¿Qué resultado concreto podemos esperar?
¿Qué indicador nos permitirá determinar que la intervención funcionó?
¿Y qué deberíamos hacer si no está funcionando?
Estas preguntas serían completamente normales en muchas otras disciplinas.
Sin embargo, en el ámbito psicológico pueden quedar sorprendentemente abiertas.
Y cuando existe indeterminación, aparecen espacios que otras propuestas ocupan con enorme facilidad.
Las alternativas no aparecen en el vacío
Es fácil pensar que las personas acuden a coaches, astrólogos, terapeutas alternativos o inteligencia artificial simplemente porque no saben distinguir una intervención científica de una que no lo es.
A veces será así.
Pero reducir todo el fenómeno a ignorancia puede impedirnos observar algo más interesante.
Quizá algunas personas buscan fuera de la psicología porque encuentran ahí algo que perciben como más accesible.
Más directo.
Más comprensible.
Más rápido.
Más estructurado.
Más económico.
Menos intimidante.
O simplemente porque alguien les ofrece una explicación concreta de lo que les ocurre.
Eso no significa que esa explicación sea correcta.
Pero significa que existe una necesidad que está siendo satisfecha.
Y ahí debería aparecer nuestra curiosidad científica.
Porque antes de preguntarnos:
“¿Cómo conseguimos que la gente deje de acudir a estas alternativas?”
podríamos preguntarnos:
“¿Qué están encontrando ahí que nosotros no hemos conseguido ofrecerles con suficiente claridad?”
Esa pregunta es bastante más incómoda.
Pero también es mucho más productiva.
La respuesta científica no debería ser el ridículo
Ridiculizar una alternativa es fácil.
Basta con señalar que no tiene evidencia.
Que sus conceptos no están claramente definidos.
Que sus mecanismos son implausibles.
Que sus resultados pueden explicarse mediante placebo, sugestión, sesgos cognitivos o regresión a la media.
Y todo eso puede ser científicamente correcto.
Pero demostrar que otra propuesta está equivocada no demuestra automáticamente que la nuestra sea suficientemente buena.
Son dos problemas diferentes.
Podemos demostrar que la astrología no tiene capacidad diagnóstica y, al mismo tiempo, seguir teniendo problemas importantes de precisión dentro de nuestra propia disciplina.
Podemos advertir correctamente que una inteligencia artificial no sustituye determinados procesos profesionales y, al mismo tiempo, preguntarnos por qué una persona prefiere contarle sus problemas a una máquina antes que acudir nuevamente a consulta.
Podemos señalar las limitaciones de un coach y aun así preguntarnos por qué alguien percibe que con ese coach obtiene mayor estructura, dirección o claridad que la que encontró en determinados procesos psicológicos.
Una disciplina madura debería ser capaz de hacer ambas cosas:
evaluar críticamente lo externo y evaluarse críticamente a sí misma.
La ciencia debería competir con desempeño
La ciencia no se fortalece porque consiga eliminar a sus competidores.
Se fortalece cuando produce mejores modelos, mejores explicaciones, mejores predicciones y mejores resultados.
Por eso creo que el reto verdaderamente interesante para la psicología no consiste en convencer a todo el mundo de que deje de utilizar alternativas.
Consiste en aumentar nuestra propia precisión.
Si una persona llega con un problema emocional, deberíamos poder formular preguntas cada vez más concretas.
¿Qué está produciendo esa reacción?
¿Qué variables la mantienen?
¿Qué parte del problema pertenece al contexto y cuál a la forma en que la persona procesa ese contexto?
¿Qué intervención corresponde específicamente a ese mecanismo?
¿Qué cambio deberíamos observar si nuestra hipótesis es correcta?
¿En qué momento podemos considerar que el problema está resuelto?
Ese tipo de preguntas acercan la psicología a una lógica mucho más exigente.
No basta con acompañar un proceso.
También necesitamos comprender qué estamos intentando modificar y por qué creemos que esa modificación debería producir determinado resultado.
Tal vez las alternativas funcionan como un síntoma
Cuando muchas personas abandonan una disciplina para buscar respuestas en otro lugar, podemos interpretar ese fenómeno de dos maneras.
La primera es decir:
“La gente está desinformada.”
La segunda es preguntarnos:
“¿Qué nos está diciendo esta conducta sobre nosotros?”
La primera explicación protege nuestra identidad profesional.
La segunda puede mejorar nuestra disciplina.
No propongo que la psicología valide cualquier alternativa.
Mucho menos que renuncie a la evidencia.
Propongo exactamente lo contrario.
Que sea todavía más científica.
Más rigurosa.
Más crítica consigo misma.
Más dispuesta a medir.
Más dispuesta a reconocer incertidumbre.
Más precisa al definir problemas.
Más clara al explicar mecanismos.
Y más exigente respecto a sus propios resultados.
Porque una disciplina verdaderamente sólida no necesita conservar a sus usuarios mediante miedo, autoridad o descalificación.
Los conserva porque funciona.
La pregunta incómoda
Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es:
“¿Cómo hacemos para que la gente deje de consultar coaches, IA, astrólogos o cualquier otra alternativa?”
Quizá la pregunta es:
¿Qué le está faltando a nuestra disciplina para que tantas personas continúen buscándolas?
Y esa pregunta no debería ofendernos.
Debería interesarnos.
Porque cada vez que alguien busca una alternativa, también nos está proporcionando información sobre una necesidad que quizá no hemos entendido del todo.
Desacreditar esa alternativa puede tomar unos minutos.
Construir una psicología tan precisa, eficaz y verificable que la alternativa deje de resultar atractiva puede tomar mucho más trabajo.
Pero ese me parece un reto científico considerablemente más interesante.
No necesitamos una psicología que le diga constantemente a las personas dónde no buscar.
Necesitamos una psicología que consiga que, cuando alguien enfrente un problema emocional, sepa con la misma claridad con la que acudiría a un dentista:
qué profesional puede ayudarle, qué problema se está abordando y qué resultado debería esperar.
Cuando logremos eso, quizá dejemos de preocuparnos tanto por las alternativas.
Porque la preferencia ya no tendrá que defenderse.
Se habrá ganado.
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