Cuando una persona cambia rápidamente, solemos atribuirlo a una cualidad personal.
Decimos que finalmente tomó una decisión.
Que tuvo suficiente voluntad.
Que estaba preparada.
Que tocó fondo.
Que decidió dejar atrás el pasado.
La velocidad del cambio parece convertirse así en una medida de fortaleza: quien cambia pronto habría tenido más determinación; quien tarda, en cambio, todavía no habría comprendido, aprendido o querido lo suficiente.
Esta explicación resulta intuitiva porque coincide con una idea muy extendida: cambiar consiste, ante todo, en proponérselo.
Sin embargo, después de años de observar y trabajar con problemas emocionales, he encontrado una dificultad importante en esta explicación.
Hay personas que desean profundamente dejar de reaccionar con celos y no lo consiguen. Personas que comprenden que una relación les hace daño, pero permanecen en ella. Personas que conocen perfectamente las consecuencias de su enojo, su inseguridad o su tendencia a evitar los conflictos y, aun así, continúan respondiendo de la misma manera.
No parece razonable afirmar que todas ellas carecen de voluntad.
Muchas llevan años intentando cambiar.
Han reflexionado, conversado, leído, pedido ayuda y formulado innumerables promesas. Algunas incluso pueden describir con extraordinaria claridad lo que les ocurre y relacionarlo con experiencias significativas de su historia.
Y, pese a todo, el problema permanece.
Al mismo tiempo, existen personas que, después de una conversación, una experiencia o una comprensión muy precisa, comienzan a responder de una manera diferente casi inmediatamente.
¿Qué explica esa diferencia?
Comprender un problema no siempre significa modificarlo
Una de las premisas más comunes sobre el cambio es que la comprensión debería producirlo.
Si una persona descubre de dónde proviene su inseguridad, por qué necesita aprobación o cómo se originó determinado miedo, parecería lógico esperar que esa comprensión debilitara el problema.
En ocasiones sucede.
Pero no siempre.
Una persona puede comprender que su necesidad de reconocimiento está relacionada con experiencias tempranas y continuar sintiéndose profundamente amenazada cuando alguien no valora su trabajo.
Puede reconocer que sus celos no se corresponden con la situación actual y, aun así, interpretar cada demora o silencio como una señal de peligro.
Puede saber que evitar una conversación solo prolongará el conflicto, pero seguir sintiendo que hablar es demasiado arriesgado.
Comprender puede ordenar la experiencia, darle contexto y reducir la confusión. Pero conocer la historia de una reacción no equivale necesariamente a modificar la lógica que la sigue produciendo.
Esta distinción ha sido central en el planteamiento teórico que he desarrollado: la Teoría del Código.
Desde esta perspectiva, una persona puede comprender perfectamente por qué adquirió una conclusión y seguir operando desde ella. Saber cómo se formó una regla no hace, por sí mismo, que la mente deje de utilizarla.
La voluntad actúa dentro de una organización previa
También solemos imaginar que los cambios importantes requieren una acumulación progresiva de esfuerzo.
Desde esta perspectiva, cada reflexión, conversación o experiencia aportaría una pequeña parte del proceso. Después de suficiente trabajo, la persona alcanzaría finalmente el punto necesario para cambiar.
Esta idea explica algunos procesos, pero no todos.
Hay cambios que efectivamente requieren práctica, repetición y aprendizaje. Desarrollar una habilidad, modificar un hábito o aprender una nueva forma de relacionarse puede necesitar tiempo.
Sin embargo, ciertos cambios emocionales parecen producirse de otra manera.
Una persona puede pasar años intentando convencerse de que no necesita agradar a todos y, en un momento determinado, dejar de interpretar el desagrado ajeno como una amenaza.
Puede haber tratado repetidamente de controlar una preocupación y, después de identificar qué posibilidad está intentando prevenir, comenzar a relacionarse de otra forma con la incertidumbre.
El tiempo previo no fue necesariamente irrelevante. Pero tampoco fue, por sí solo, lo que produjo el cambio.
Lo decisivo pudo haber sido que algo específico dejó de tener el mismo significado.
La voluntad es importante, pero no opera en el vacío. Actúa dentro de una organización mental que determina qué opciones parecen seguras, peligrosas, responsables, egoístas o inevitables.
La misma conducta puede tener explicaciones distintas
Desde fuera, dos personas pueden parecer atrapadas en un problema semejante.
Ambas temen ser abandonadas.
Ambas evitan el conflicto.
Ambas permanecen en relaciones insatisfactorias.
Ambas reaccionan con enojo cuando se sienten cuestionadas.
Pero la conducta visible no revela por sí sola la organización que la sostiene.
Una persona puede evitar el conflicto porque interpreta el desacuerdo como una señal de rechazo.
Otra puede hacerlo porque considera que expresar una necesidad es una forma de egoísmo.
Una tercera puede creer que cualquier confrontación terminará inevitablemente en una pérdida.
Las tres evitan hablar, pero no están respondiendo al mismo problema.
Si se les ofrece una explicación general —“necesitas aprender a poner límites”—, probablemente las tres estarán de acuerdo. Incluso pueden comprender perfectamente el consejo.
Pero comprender la importancia de un límite no modifica automáticamente la interpretación que hace que establecerlo parezca peligroso, injusto o inútil.
Esta observación ha orientado gran parte de mi trabajo: no basta con identificar qué hace una persona. Es necesario comprender qué conclusión convierte esa respuesta en una opción coherente desde su perspectiva.
La conducta puede parecer irracional desde fuera y, al mismo tiempo, ser completamente congruente con la forma en que la persona está interpretando la situación.
La diferencia entre una explicación amplia y una precisa
Imaginemos que una persona evita conducir porque siente miedo.
Podríamos decir que necesita aumentar su confianza, controlar sus pensamientos o exponerse progresivamente a la situación. Estas aproximaciones pueden aportar elementos valiosos.
Pero todavía faltaría una pregunta:
¿Qué está interpretando exactamente cuando conduce?
Tal vez teme perder el control del automóvil.
Tal vez supone que no podría reaccionar correctamente ante un imprevisto.
Tal vez considera que cometer un error demostraría que es incompetente.
Tal vez el verdadero problema no sea el accidente, sino sentirse responsable de dañar a alguien.
Aunque la emoción se parezca, cada posibilidad implica una organización diferente.
Una explicación amplia permite nombrar el fenómeno. Una explicación precisa intenta identificar la relación concreta entre una situación, el significado que se le atribuye y la respuesta que, desde ahí, parece necesaria.
Cuando esa relación se identifica, puede producirse algo que desde fuera parece sorprendente: la persona cambia rápidamente.
No porque el problema fuera superficial.
No porque los años anteriores hayan sido fingidos.
No porque de pronto apareciera una fuerza de voluntad extraordinaria.
Puede cambiar porque la conclusión que hacía necesaria su reacción dejó de organizar la experiencia de la misma manera.
Cambiar rápido no significa que el problema fuera pequeño
Existe cierta desconfianza hacia los cambios rápidos.
Cuando un problema ha durado años, tendemos a pensar que su transformación debería requerir un periodo proporcionalmente largo. Si cambia con rapidez, sospechamos que solo fue reprimido, negado o sustituido temporalmente.
A veces esa sospecha puede estar justificada. No todo alivio inmediato representa una modificación profunda.
Pero la duración de un problema no demuestra necesariamente su complejidad.
Una conclusión relativamente sencilla puede mantenerse durante décadas si nunca es cuestionada en el punto preciso.
Una regla aprendida en un momento determinado puede seguir organizando innumerables decisiones posteriores:
“Si decepciono a alguien, dejará de quererme.”
“Si no tengo certeza, significa que algo malo ocurrirá.”
“Si cedo, conservo la relación.”
“Si demuestro vulnerabilidad, perderé valor.”
La repetición prolongada de una regla no la convierte en una verdad más profunda. Muestra que la mente ha seguido utilizándola de manera consistente.
Esta es una de las ideas centrales de la Teoría del Código: muchos problemas emocionales no se mantienen únicamente por la intensidad de lo vivido, sino por la manera en que ciertas conclusiones continúan organizando la percepción y la respuesta.
El cambio como reconfiguración
Conviene distinguir entre intentar producir una conducta diferente y modificar aquello que hace necesaria la conducta anterior.
Una persona puede esforzarse por no complacer a los demás. Pero mientras siga interpretando la desaprobación como una amenaza a su valor, complacer continuará pareciendo la opción más segura.
Puede intentar dejar de preocuparse. Pero mientras considere que preocuparse le permite anticipar, prevenir o controlar lo incierto, abandonar la preocupación se sentirá irresponsable.
Puede tratar de no reaccionar con enojo. Pero si interpreta una observación como una humillación, el enojo seguirá teniendo sentido dentro de esa experiencia.
En mi trabajo denomino reconfiguración al cambio en la relación interna que sostenía una respuesta: una situación deja de significar lo mismo y, por lo tanto, deja de requerir la misma reacción.
La emoción, la interpretación y la conducta ya no forman la misma secuencia.
Desde esta perspectiva, el cambio rápido no proviene necesariamente de añadir más motivación, más información o más disciplina.
Puede aparecer cuando se identifica y modifica con precisión la conclusión que estaba organizando el problema.
Una pregunta diferente
Ante una persona que no cambia, solemos preguntar:
¿Por qué no hace lo que sabe que le conviene?
¿Por qué no se decide?
¿Por qué continúa repitiendo lo mismo?
Estas preguntas colocan demasiado pronto el problema en su voluntad.
A lo largo de mi trayectoria profesional he encontrado más útil formular una pregunta distinta:
¿Qué está interpretando esta persona para que su reacción actual siga pareciendo necesaria, lógica o protectora?
Y ante quienes cambian rápidamente, tampoco deberíamos concluir que siempre tuvieron más fuerza, más disciplina o una mayor capacidad personal.
Tal vez encontraron —por experiencia, reflexión o intervención— el punto preciso en el que su problema se organizaba.
La velocidad del cambio no indica necesariamente cuánto sufría una persona ni cuánto se esforzó.
En algunos casos, indica algo diferente:
qué tan cerca estuvo de modificar la conclusión exacta que hacía que continuar igual todavía tuviera sentido.
Sobre el autor
Moisés Goiz es psicólogo, autor de seis libros y desarrollador de la Teoría del Código, un planteamiento teórico orientado a comprender cómo la mente organiza, mantiene y puede modificar los problemas emocionales.
1 comentario
Gracias Moises Goiz por tanto. CODICA Eñes sin duda la mejor propuesta en la actualidad para programar correctamente nuestra mente, volviéndola invulnerable con resultados hermosos y reales . Agradezco ser parte de este cambio