Hay una idea que hemos repetido durante tanto tiempo que casi ha dejado de parecernos una idea.
Parece un hecho.
Una persona sufre y asumimos que algo dentro de ella está mal.
Tiene ansiedad: probablemente hay algo que sanar.
No logra terminar una relación que le hace daño: hay algo que sanar.
Siente celos constantemente: hay algo que sanar.
No puede tomar una decisión importante: hay algo que sanar.
Repite el mismo tipo de relación una y otra vez: hay algo que sanar.
Y cuando aceptamos esa primera conclusión, la segunda aparece casi automáticamente:
Si hay algo que sanar, entonces necesitamos terapia.
El razonamiento parece perfectamente lógico.
El problema es que la primera premisa no necesariamente es correcta.
El sufrimiento no demuestra que exista una herida.
Y hacer esa distinción puede cambiar por completo la manera en que comprendemos —e intervenimos— muchos problemas emocionales.
Dolor no significa necesariamente daño
Imagina por un momento un sistema de alarma.
La alarma comienza a sonar cada vez que alguien abre una ventana.
Podríamos concluir que el sistema está roto.
Pero quizá no lo está.
Tal vez está funcionando exactamente como fue configurado para funcionar.
Existe una regla dentro del sistema que dice:
“Si se abre esta ventana, activa la alarma.”
La alarma no está averiada.
No está herida.
No necesita recuperarse de su pasado.
Simplemente está ejecutando una instrucción que, dadas las circunstancias actuales, produce un resultado inconveniente.
El problema no está necesariamente en el funcionamiento del sistema.
Puede estar en la regla con la que funciona.
Esta diferencia parece pequeña, pero conceptualmente es enorme.
Porque una cosa es intentar reparar un mecanismo deteriorado y otra muy distinta es modificar la configuración de un mecanismo que funciona correctamente, pero bajo una regla inadecuada.
Creo que en psicología confundimos estas dos posibilidades con demasiada facilidad.
Una mente puede funcionar bien y producir un mal resultado
Durante años he trabajado sobre una idea que inicialmente puede parecer contraintuitiva:
La mente no necesita estar dañada para producir sufrimiento.
Una mente puede funcionar con enorme precisión y, aun así, producir sistemáticamente un resultado equivocado.
De hecho, eso ocurre todo el tiempo.
Una persona puede experimentar ansiedad porque su sistema interpreta la incertidumbre como una amenaza.
Puede sentir celos porque ha establecido una relación demasiado estrecha entre pérdida, comparación y valor personal.
Puede experimentar culpa porque opera bajo una regla moral excesivamente rígida.
Puede permanecer en una relación que no desea porque su sistema pondera la posibilidad de quedarse sola como un problema todavía mayor.
Puede evitar tomar decisiones porque interpreta equivocarse como una amenaza a su propia identidad.
En todos estos casos existe sufrimiento.
Pero el sufrimiento, por sí mismo, no nos dice cuál es el mecanismo que lo produce.
Mucho menos demuestra automáticamente que exista una herida psicológica que deba ser sanada.
El error aparece cuando explicamos antes de analizar
Cuando observamos un síntoma y rápidamente construimos una explicación, corremos el riesgo de intervenir sobre algo que solamente estamos suponiendo.
“Le cuesta confiar porque fue herido.”
“Le da miedo estar sola porque tiene una herida de abandono.”
“Necesita aprobación porque tiene baja autoestima.”
“No puede comprometerse porque algo ocurrió en su infancia.”
Algunas de estas explicaciones podrían resultar relevantes en determinados casos.
Pero también podrían no serlo.
El problema metodológico aparece cuando dejamos de tratarlas como hipótesis y comenzamos a tratarlas como hechos.
Porque entonces la intervención queda decidida desde el principio.
Si asumimos que existe una herida, buscaremos la herida.
Si asumimos que existe un trauma, buscaremos el trauma.
Si asumimos que el origen está en la historia, investigaremos la historia.
Y si suponemos que algo necesita ser sanado, naturalmente iniciaremos un proceso destinado a sanar.
Pero ¿qué ocurre si la premisa inicial estaba equivocada?
Podemos terminar dedicando meses o incluso años a intentar reparar algo que nunca estuvo roto.
El problema podría estar en una regla
Pensemos en una persona que vive preocupada por sus hijos adultos.
Los llama constantemente.
Necesita saber dónde están.
Se angustia cuando tardan en responder.
Anticipa accidentes.
Intenta controlar cualquier variable que pueda representar un riesgo.
Podríamos explorar durante mucho tiempo su historia para descubrir de dónde viene su ansiedad.
Pero también podríamos empezar haciendo otra pregunta:
¿Qué tendría que considerar verdadero esta persona para que su comportamiento tuviera sentido?
Quizá encontramos una regla como:
“Una buena madre debe evitar que algo malo les ocurra a sus hijos.”
Ahora muchas de sus conductas comienzan a resultar comprensibles.
Si una buena madre debe impedir cualquier peligro y el mundo contiene peligros que no puede controlar, entonces la vigilancia constante deja de parecernos irracional.
Es coherente.
El problema está en la premisa.
No necesariamente en una herida.
Y al identificarla cambia también nuestra forma de intervenir.
Ya no necesitamos preguntarnos únicamente:
“¿Qué le ocurrió para que se sienta así?”
Podemos preguntar:
“¿Qué configuración hace inevitable que se sienta así frente a esta situación?”
De la historia al mecanismo
La historia personal importa.
Por supuesto que importa.
Nuestras experiencias participan en la construcción de nuestras creencias, jerarquías, expectativas, interpretaciones y reglas.
Pero existe una diferencia entre explicar cómo se construyó una configuración y explicar qué está produciendo actualmente el problema.
Podemos conocer perfectamente dónde comenzó una regla y no haber modificado todavía la regla.
Y también podemos, en algunos casos, identificar y modificar una regla sin necesidad de reconstruir detalladamente toda la historia que la produjo.
Por eso una de las preguntas que considero más importantes en el trabajo con problemas emocionales es:
¿Cuál es la causa actual del resultado?
No solamente:
“¿Qué ocurrió en el pasado?”
Sino:
“¿Qué está haciendo el sistema ahora?”
Sanar y reconfigurar no son lo mismo
La palabra terapia proviene de un campo conceptual asociado al tratamiento.
Y el tratamiento resulta perfectamente lógico cuando existe algo que requiere ser tratado.
Existen trastornos psicológicos, cuadros clínicos, trauma con secuelas significativas, crisis graves y muchas otras condiciones en las que una intervención psicoterapéutica puede ser necesaria y enormemente valiosa.
El problema aparece cuando convertimos toda experiencia de sufrimiento en evidencia de enfermedad, lesión o daño.
Porque entonces utilizamos una lógica de reparación incluso cuando quizá estamos frente a un problema de configuración.
La diferencia puede expresarse así:
Si algo está dañado, lo reparas.
Si algo está enfermo, lo tratas.
Pero si un sistema funciona según una regla equivocada, lo reconfiguras.
Son problemas distintos.
Y problemas distintos necesitan intervenciones distintas.
El riesgo de comenzar por el tratamiento
En otras áreas de la salud esto resultaría evidente.
Un buen profesional no debería comenzar preguntándose:
“¿Qué tratamiento quiero utilizar?”
Primero necesita determinar qué está ocurriendo.
Después decidir si existe algo que tratar.
Y finalmente elegir la intervención adecuada.
Sin embargo, en el ámbito psicológico muchas veces invertimos ese orden.
Una persona llega con sufrimiento y rápidamente aparece una modalidad terapéutica.
Pero antes debería existir una pregunta anterior:
¿Cuál es la naturaleza del problema?
¿Estamos frente a un trastorno?
¿Ante una respuesta adaptativa a una situación difícil?
¿Ante falta de habilidades?
¿Ante una interpretación equivocada?
¿Ante una regla cognitiva rígida?
¿Ante un conflicto de prioridades?
¿Ante un mecanismo emocional automatizado?
¿Ante una condición que requiere tratamiento clínico?
No todas estas situaciones son equivalentes.
Y llamarlas a todas “algo que sanar” puede hacernos perder precisión.
Comprender primero, intervenir después
Durante mucho tiempo hemos hablado de la mente mediante metáforas relacionadas con heridas:
Heridas de abandono.
Heridas de rechazo.
Heridas emocionales.
Partes rotas.
Cicatrices.
Sanación.
Estas metáforas pueden resultar útiles para describir determinadas experiencias.
Pero una metáfora no debería sustituir a un mecanismo.
Porque decir que alguien “tiene una herida de abandono” puede describir de manera intuitiva su sufrimiento, pero todavía necesitamos explicar qué operaciones hacen que una ausencia, una separación o una señal de rechazo produzcan exactamente determinada respuesta.
¿Qué interpreta?
¿Qué pondera?
¿Qué anticipa?
¿Qué compara?
¿Qué regla utiliza?
¿Qué resultado intenta evitar?
Cuando podemos responder estas preguntas, dejamos de hablar únicamente del dolor y comenzamos a describir la arquitectura que lo produce.
Y esa es una diferencia fundamental.
La pregunta anterior a la terapia
Por eso creo que antes de preguntarnos:
“¿Qué terapia necesita esta persona?”
deberíamos formular otra pregunta:
“¿Qué mecanismo está produciendo el problema?”
Y solamente después decidir cómo intervenir.
A veces la respuesta será psicoterapia.
A veces será acompañamiento.
A veces entrenamiento de habilidades.
A veces psicoeducación.
A veces una intervención cognitiva muy concreta.
Y en determinadas situaciones quizá la persona necesite algo bastante más sencillo de lo que inicialmente imaginaba: comprender con precisión una regla que estaba operando sin que pudiera verla.
No se trata de minimizar el sufrimiento.
Todo lo contrario.
Se trata de tomarlo suficientemente en serio como para no asumir su causa antes de investigarla.
Precisión antes que procedimiento
No estoy en contra de la terapia.
La psicoterapia tiene indicaciones importantes y puede ser una herramienta extraordinariamente valiosa.
Lo que cuestiono es la tendencia a utilizarla como respuesta automática ante cualquier forma de malestar emocional.
Porque una intervención debería derivarse de la comprensión del problema.
No al revés.
Si observamos dolor y concluimos inmediatamente que existe una herida, hemos convertido una hipótesis en diagnóstico antes de haber explicado el mecanismo.
Y cuando eso ocurre, podemos terminar intentando sanar durante años algo que quizá nunca estuvo dañado.
Una mente puede sufrir sin estar rota.
Puede equivocarse sin estar enferma.
Puede producir un resultado indeseable mientras funciona exactamente de acuerdo con las reglas que ha construido.
Entonces el objetivo no siempre será sanar.
A veces será comprender.
A veces será recalibrar.
A veces será aprender.
Y otras veces será reconfigurar la regla que hacía inevitable el problema.
Porque la pregunta fundamental no debería ser qué procedimiento acostumbramos utilizar frente al sufrimiento.
Debería ser:
¿Qué está produciendo exactamente este resultado?
Y solamente cuando podamos responder eso con suficiente precisión tendremos derecho a decidir cómo intervenir.
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